martes, 11 de agosto de 2015

Agridulce

Después de semanas de no probar alcohol, dos copas de vino me han dejado K.O., que es como O.K., pero al revés.
Suena una música de piano que no cuenta nada salvo a ella misma, que no es poco. Muero por llorar en tu regazo, dejarme ir, abandonarme, derrotarme, vencerme, ganarme, parirme, morirme... 
La imagen que gobierna ahora mismo mi cabeza es la del dedo gordo de tu pie. Qué impropio llamarle así, pero los pies no tienen pulgares, ni índices, ni corazones ni siquiera meñiques.

Estoy sobrecogido.

He leido el detalle de lo que tienen que hacerme, a todo lo que consiento. Es, efectivamente, sobrecogedor. Pensar que si cogen o no la grasa que recubre puede ser motivo (o no) de demanda o querella. 

Ni caso.

Dos copas de vino.

Una siesta y su posterior malaleche harán el resto.

Cada vez me avergüenzo de menos cosas. No sé hasta qué punto es bueno.
Ni malo.
Ni si existe lo bueno o lo malo o bien (o mal) todo es relativo y depende.

Depende, pendejo, dijo él, pendenciero...

Música en repeat desde hace rato.